El destino

El destino

“Caminante no hay camino,

se hace camino al andar”.

Antonio Machado

 

EL DESTINO

Destino viene del latín Destinare: “estar ahí”, “estar fijo”.

Para los griegos era una fuerza superior, no solo a los hombres, también a los dioses. Ha sido objeto de estudio para filósofos desde la antigüedad, como Aristóteles.

Al destino se le atribuye una dimensión misteriosa, enigmática.

La idea del destino está asociada a la del determinismo, sin contemplar la multitud de factores y acontecimientos que condicionan nuestra existencia y su recorrido.

La realidad es que hay factores importantes que pueden condicionar, tales como el origen de nuestra incursión en el mundo, la historia familiar, los hechos o circunstancias externas, la herencia, el azar, una enfermedad, factores biológicos, sociales, etc.

Puede haber casualidades externas, reales, pero no tienen una significación o interpretación predeterminada.

El azar puede traernos cosas, circunstancias que pueden ser satisfactorias o dolorosas. Existe un margen para el azar, para lo imprevisible, otra cosa es cómo lo vive cada uno, cómo lo procesa y cómo se sitúa ante ello.

Es de gran importancia la historia personal y familiar, el deseo y las expectativas (o la carencia de ello) de nuestros padres y personas de referencia. Igualmente es importante cómo lo depositaron en nosotros, ya que es un motor que nos impulsa a colocarnos en una determinada posición ante la vida.

También es relevante cómo existimos, o lo hacíamos, en el deseo de nuestros padres y abuelos, lo que esperaban de nosotros, sus expectativas. Y por supuesto, las identificaciones con personas a las que admiramos y valoramos.

La historia personal o el contexto en el que se ha nacido y crecido después, tiene un territorio oculto, un entramado de anhelos, sentimientos y proyectos que se depositan en nosotros, que muchas veces trascienden nuestra percepción consciente y pueden condicionar nuestra existencia. De pequeños sentimos que somos “eso” que nos devuelven con su mirada, con su amor o desamor, con su reconocimiento.

La influencia de determinadas personas en nuestra vida puede entretejer nuestro destino con el peso de su deseo.

Hay elecciones que no se realizan necesariamente desde la conciencia, desde lo racional o voluntario. Y crean un camino, un destino a recorrer. Antoine De Saint-Exupery decía: “Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya”

Existe el riesgo de actuar siendo fieles a esa imagen nuestra, como si fuésemos un catalizador de deseos, expectativas que nos hacen armar una trayectoria a seguir, un modo de actuar y ser en la vida.

Hay cosas heredadas, cosas adquiridas, hechos vividos con una carga emocional personal, no siempre consciente y que pueden dejar huella. Puede condicionar, sobre todo en edades tempranas, nuestra visión de la realidad, el significado de determinados sentimientos y conductas que se deslizan disfrazadas bajo la forma de un destino a actuar.

Nuestros recuerdos los evocamos a posteriori. En una mirada retrospectiva se evocan palabras, frases, escenas, una mirada, un gesto…de nuestro universo infantil y etapas posteriores conforme vamos avanzando en la vida. Como decía Aldous Huxley: “La memoria de cada hombre es su literatura privada”.

Esos recuerdos no tienen por qué ajustarse a la percepción de otras personas que estaban allí, sino a nuestro modo de interiorizar aquellas experiencias y el significado que les dimos y les hemos ido dando con el tiempo.

La lectura y el significado de las cosas se las otorga cada uno desde su subjetividad y mediatizado por lo acontecido en su historia. Los hechos o circunstancias no tienen un significado único o irreductible.

En nuestra memoria quedan los recuerdos que tienen un significado especial para nosotros. No tiene que ver tanto con la memoria en sí, como con el valor emocional del que está envestido y conforman parte de nuestra realidad psíquica.

La memoria es una función del aparato psíquico, una parte del cerebro, el hipocampo, se encarga de guardar los recuerdos y se almacenan en la corteza prefrontal, en la parte frontal del cerebro. Pero la memoria es selectiva, está influenciada por la carga afectiva depositada en ese material. De hecho, se podría resumir en las palabras de Oscar Wilde: “La memoria… es el diario que todos llevamos con nosotros”. Es ese diario en el que escribimos no sólo acontecimientos sino emociones, pensamientos e interpretaciones de la realidad vivida.

Entre los dos y cuatro años solemos tener los primeros recuerdos y, desde los seis en adelante ya aparecen con más nitidez.

La carga afectiva depositada en un recuerdo es lo que condiciona que éste sea más o menos importante para cada uno. Los reconstruimos y no necesariamente como ocurrieron, podemos agregar u omitir detalles y están sujetos a impresiones, sentimientos subjetivos…No está en juego necesariamente una verdad objetiva, ya que la intensidad emocional condiciona la significación personal que le atribuimos. Quiero aclarar que no me refiero a hechos traumáticos como por ejemplo una violación, donde puede aparecer una serie de detalles objetivos, etc. O, al contrario que, por un shock o fuerte represión emocional, se quede cubierto por una amnesia.

En definitiva, “El recuerdo de las cosas del pasado no es necesariamente el recuerdo de las cosas como eran” (Marcel Proust).

En general, los recuerdos de nuestra infancia y de nuestra historia posterior, aparecen en el presente tal como los recordamos. Hay emociones que se han plasmado en esos recuerdos a modo de vivencias y pueden estar influyendo en nosotros más de lo que pensamos.

Es inconsciente aquello que no pudiendo encontrar representación significativa, se repite en un acto. Es un desplazamiento de la representación, de ahí la importancia de recoger esa información no tenida en la conciencia, para poder revelarse ante lo que provoca dolor, insatisfacción. Salir de ese encierro con lo no sabido y poder elegir sin repetir determinadas cosas.

Lacan decía: “El síntoma es lo que se conoce de sí, sin reconocerse en ello”.

Un trabajo interno de reflexión y de introspección, ayuda a detectar algunas decisiones que marcan un destino, para poder después actuar con una elección nueva que propicie bienestar y sustituir una elección a veces no consciente “alienada” por otra libre de sufrimiento o malestar, y situar ahí nuestra existencia.

Esa elección por supuesto no es fácil sin un trabajo. Es difícil y, a veces, solitario. Como bien dice Robert lee Frost: “En un bosque se bifurcaron dos caminos, y yo… Yo tomé el menos transitado. Esto marcó toda la diferencia”.

Para el obsesivo es algo muy complicado ya que está inmerso en la duda. Hace de la elección una gran dificultad. El fóbico se debate entre lo que desea y de lo que huye. En la histeria se separa el cuerpo del goce. El psicótico tiene la certeza de sus creencias y vivencias, a las que les da un estatuto irreductible. El delirio no sufre grietas ni incertidumbres. No se interroga ni duda.

Hay repeticiones sin esa lección libre que escapan a nuestra conciencia.

Ejemplos, una persona puede embarcarse en relaciones de pareja sucesivas que tienen un hilo conductor entre ellas y que ella misma desconoce, repitiendo en todas las mismas fases y el mismo final, eligiendo una clase de mujeres o de hombres que le permita llevar a cabo ese tipo de relación. O una persona que despiden de todos los trabajos y lo vive como un destino inevitable o una fatalidad del destino, o embarcarse en relaciones donde siempre termina abandonando o abandonado, desconociendo su responsabilidad en ello.

Liberar el sentido interno de las cosas puede permitir un cambio y salir de esa trama de repetición, desterrar la idea de la mala suerte y movilizarse. Descubrir la significación de ese destino particular.

En muchas ocasiones se vincula el destino a la buena o mala suerte, y con ello la posibilidad de ser feliz o no. Al ser humano le cuesta creer que es responsable de su destino, de ver en qué medida contribuye a él o lo propicia.

Como os decía, hay elecciones que uno hace sin ser consciente de ello, atribuyéndolo al exterior, a las circunstancias, a otros. Puede quejarse de algo de lo que no se aparta en muchos años o en toda una vida, creyendo que al quejarse no es cómplice de lo que le ocurre y esa puede ser la justificación para retenerse en ese lugar sin reconocer el modo en que está implicado. “Se queja y con ello corrobora que esto no lo quiere, pero permanece ahí como sujeto sufriente, pasivo, sin salir de ahí, de lo dado”.

Hay una frase de José Luis Borges que dice: “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento en el que el hombre sabe para siempre quién es”.

Desentrañar el mundo emocional interno es una tarea complicada pero enriquecedora y puede arrojar luz sobre los caminos posibles a elegir.

No existe un destino ya escrito. La introspección sobre la historia personal: los deseos, temores, fantasías, etc., pueden ayudar a desprenderse de ataduras que esclavizan y generan limitaciones, sufrimiento.

Qué actitud puede ser aconsejable

Si hay sufrimiento, acudir a un profesional y realizar una psicoterapia.

Hay que saber que el destino no está escrito, no está fijado de antemano y por lo tanto debemos desterrar la creencia de que únicamente nos resta resignarnos a vivirlo tal cual nos viene dado.

Siempre hay opiniones, nuevas elecciones para poder escribir la propia historia. Pasar de una actitud pasiva ante la creencia de un destino prescrito, a una actitud activa de construcción.

Para ello es conveniente una escucha, un trabajo de introspección. Descubrir de qué modo se está involucrado en aquello que acontece, cuál es la implicación y responsabilidad personal en ello.

En ese trabajo se puede resignificar las experiencias y vivencias para darles otro valor. Es desterrar la idea de “esto es así, la vida lo conlleva…me ha venido dado”. Sabes que hay otras elecciones.

Enfréntalo. Descubrir el deseo con la realidad que se vive. Ver si el deseo que verbaliza es acorde al lugar en el que la persona se sitúa, y qué pasa con eso.

Hay circunstancias que el azar lanza sobre nosotros sin que lo podamos evitar, pero podemos decidir qué hacemos con eso, cómo lo interiorizamos y nos posicionamos. El ser humano tiene capacidad de transformación. Lo que parece permanente, se puede cambiar. Es importante aprovechar las oportunidades que se presentan, incluso buscarlas, salir al encuentro.

Poder apartar de nuestra vida lo que provoca sufrimiento, malestar y elegir lo que genera bienestar. Aunque no sea fácil, la persona es capaz de ejercer la elección. Pero necesita mirar hacia adentro, poder escuchar, permitir reordenarse y hacerse cargo de su destino.

Si se mira hacia otro lado no cambiará la realidad psíquica interior. Hay que buscar un cauce que permita mirar las cosas de frente, entenderlas y posicionarse de nuevo ante ellas. No hay una única oportunidad, una única opción. Hay múltiples en todos los momentos de la vida. Elegir es un desafío, enfrentarse a la pérdida de lo no elegido, posicionarse ante lo nuevo a conquistar.

Pero esa posición de disponibilidad, sin ataduras enmascaradas, da la oportunidad de elegir una forma propia de vivir. Circular, cambiar hacia aquello que genere bienestar y en lo que realmente esté comprometido nuestro deseo.

No olvidemos las palabras de Charles Reade: “Siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter  y cosecharás un destino”.

A veces el dolor es inevitable, pero sí se puede acortar, entenderlo, escucharlo e intervenir para que no arrastre a la infelicidad.

Por muy reducido que sea el margen en alguna circunstancia, siempre hay una opción para poder elegir, siempre hay un margen de libertad.

Voy a leer un pequeño poema de William Ernest Henley (Invictus) que inspiró a Nelson Mandela cuando estaba en la cárcel:

             “En medio de la noche que me cubre,

           negra como el abismo de polo a polo,

           agradezco a Dios que pudiera existir

           por mi alma inconquistable,

           soy el amo de mi destino,

           soy el capitán de mi alma”.

 

Concha Porta

Colaboradora de iDN+S Marbella

Psicóloga clínica del balneario Hervideros de Cofrente



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