El envejecimiento

El envejecimiento

¿Qué cuántos años tengo? -¡Qué importa eso !

¡Tengo la edad que quiero y siento!

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.

Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…

Pues tengo la experiencia de los años vividos

y la fuerza de la convicción de mis deseos.

………..

Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,

sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,

para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos,
rectificar caminos y atesorar éxitos.

José Saramago

 

El envejecimiento

La OMS define el envejecimiento, desde el punto de vista biológico, como la consecuencia de la acumulación de una gran variedad de daños moleculares y celulares a lo largo del tiempo, y que lleva a un descenso gradual de las capacidades físicas y mentales, un aumento de riesgo de enfermedad y finalmente, la muerte.

Hay culturas en las que la vejez es considerada como un estado o etapa de sabiduría y por lo tanto de gran valor y respeto (por ejemplo, en culturas orientales como China y Japón).

Sin embargo, en otras culturas, por ejemplo, en algunas occidentales, se asocia con la discapacidad y lo caduco.

La palabra “viejo” suena de un modo despectivo, algo ya fuera de valor, sin uso productivo…La persona mayor puede sentir, en ese contexto, que es como si ya no existiese para los demás.

A lo largo de nuestra existencia pasamos por cambios biológicos, físicos, psicológicos, sociales. Atravesamos diferentes etapas, y aunque no hay absoluta coincidencia en las edades, sí podemos establecer una generalidad:

    1. Etapa prenatal: Aún no se ha nacido al mundo, se está en el útero materno.
    2. Infancia: hasta los 11 años aproximadamente
    3. Adolescencia: de 11 a 17 años. Predomina la labilidad emocional, búsqueda de valores, reafirmación del yo, etc.
    4. Juventud: desde los 18 a los 35 aproximadamente. Es una etapa de idealización, con omnipotencia a veces, …
    5. Etapa de madurez: sobre los 35. Empieza el descenso lento de la curva del envejecimiento.
    6. De los 55 a los 65: pre-vejez.
    7. Sobre los 65, se suele considerar que se entra en la vejez propiamente dicha.
    8. A partir de los 80 se entra en la ancianidad. La evolución degenerativa física suele ser más evidente. Hay mayor fragilidad ósea y en articulaciones, y ello puede ir en detrimento de la autonomía personal, que puede derivar en una situación de dependencia. Puede aparecer, o haberlo hecho antes, algún tipo de demencia o Alzheimer.

 

Pero cada vez, el ser humano, sobre todo en los países más desarrollados, vive más años y en mejores condiciones físicas y mentales, debido a los avances médicos y científicos. El progreso de la ciencia hace que la etapa de la vejez se vaya situando cada vez más lejos, más tarde. La expectativa de vida ha aumentado considerablemente.

Es cierto que, con el paso del tiempo, desde el punto de vista fisiológico, la regeneración de las células pierde capacidad. El organismo se vuelve más vulnerable. Hay una pérdida neuronal. En el envejecimiento hay una disminución de las sinapsis (la transmisión de los impulsos nerviosos entre dos neuronas, la conexión). Por otra parte, hay un deterioro cerebral progresivo, cambios en la anatomía de las neuronas, en el volumen de varias áreas cerebrales y en la dinámica de diferentes neurotransmisores.

Pero es difícil precisar de un modo absoluto el momento en el que se puede iniciar ese deterioro porque inciden en ello múltiples factores. Efectivamente, en el proceso de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, hay factores que juegan un papel importante en el modo en que cada uno envejece. Hay factores genéticos, familiares, sociales, culturales, hábitos saludables o no, posible consumo de tóxicos, por nombrar algunos. También hay factores psicológicos, emocionales.

A lo largo de la existencia, el envejecimiento se va instalando en nosotros de un modo lento e imperceptible en las primeras etapas, y de un modo más visible y manifiesto en la edad adulta.

La vida está salpicada de encuentros y de pérdidas, de duelos a elaborar. Conforme nos vamos acercando a la vejez tenemos más pérdidas acumuladas, también cosas y situaciones que hemos ido dejando atrás, que se han perdido: la actividad laboral institucionalizada o formal, a veces muerte de la pareja, padres, algún amigo o también la pérdida de nuestro rol en esas relaciones o circunstancias.

Está la pérdida de un cuerpo joven y sus facultades.

Vivimos en una sociedad donde se nos inculca un culto a la imagen, a la superficie corporal.  El cuerpo como una imagen visible que muchas veces no coincide con la representación subjetiva que tenemos de él. Nos cuesta identificarnos con el cuerpo envejecido del espejo, que delata una juventud perdida, una limitación de lo que ya no se tiene. Es la sensación de que esa imagen especular que nos devuelve el espejo se ha adelantado a nuestro tiempo psicológico, emocional.

Cada uno sitúa el umbral de su vejez en un punto concreto de su existencia, en una edad, y también puede sentirse viejo a una edad que todavía no lo es.

La imagen interna que se tiene del cuerpo puede limitar la puesta en marcha de nuestras capacidades. La vejez no sólo es una etapa evolutiva del cuerpo, también está mediatizada por un estado emocional. Si bien hay unas funciones disminuidas, se puede agudizar si se estigmatiza con prejuicios o pensamientos negativos.

El cuerpo no es sólo una bolsa de órganos y funciones, es también nuestro vehículo para deslizarnos por la vida, es un soporte físico para nuestros anhelos, nuestros deseos y, nos permite situarnos en la vida, en la sociedad.

En nuestra concepción de la vejez, intervienen las vivencias de las personas próximas a nosotros: nuestros abuelos, padres. Cómo se instalaron en ella, cómo nos relacionábamos nosotros con ellos, qué nos transmitían y nuestras propias reflexiones.

Cada uno ha interiorizado el concepto de vejez de un modo particular. Michel Eyquem de la Montaigne decía: “Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara”.

También intervienen modelos de identificación deseables que actúan como ideales a seguir.

No se deben negar los cambios biológicos y corporales o posibles enfermedades. Hay que aceptar los cambios, pero instalándonos en ellos del modo más positivo posible, sabiendo que cambia el cuerpo, pero también nuestras necesidades emocionales.

Conforme vamos cumpliendo años suele aparecer el sentimiento de poseer un tiempo y oportunidades limitados. Se instala en nosotros la conciencia de temporalidad y finitud.

En las etapas anteriores, ante cualquier contrariedad o fracaso, aparecía el planteamiento de reparación, de intentarlo de nuevo en ese tiempo por llegar.

En la vejez, el tiempo en su vertiente futura se difumina, y con ello, la sensación de disponer de nuevas oportunidades. Es hacerlo ahora o no hacerlo. Ya se sabe que el tiempo es limitado.

También según como se hayan enfrentado las pérdidas, las faltas a lo largo de la vida, se vivirá la instalación en la vejez. El haber llevado una vida bastante satisfactoria, el tener una actitud positiva y tener resistencia a la frustración, jugará a favor.

Nos podemos preguntar, ¿qué pasa con las habilidades intelectuales, en qué medida se pierden o conservan? No olvidemos que hay habilidades intelectuales que pueden mantenerse estables con el aumento de la edad. Por ejemplo, aunque es cierto que la memoria inmediata es la que más puede deteriorarse en una avanzada edad, también es verdad que la memoria a largo plazo y del pasado, se conserva mucho mejor.

El rendimiento intelectual no tiene porqué disminuir con la edad, de ahí la importancia de seguir activos en un proceso permanente de aprendizaje, de curiosidad y deseo de saber, como un aliado para mantener las facultades.

A nivel neurológico hay algunas capacidades que pueden conservarse y otras disminuir lentamente, como la audición, la visión, …

No podemos obviar que hay personas mayores, y otras no tanto, con discapacidades en instituciones o residencias. Es bueno recordar que el tener las capacidades físicas y/o neurológicas mermadas no les resta su necesidad de ser queridas, cuidadas, acariciadas. Tienen derecho a ser respetadas, atendidas con cariño, e intentar mejorar las circunstancias que están limitando su integración social. Hay que poner el empeño en mejorar su calidad de vida y que puedan vivir dignamente.

En la vejez más avanzada, en la ancianidad, hay que asumir la renuncia a un futuro no próximo, de ahí que la mirada, en estos casos, esté impregnada del peso del recuerdo, del pasado, donde sí hay un recorrido, aunque en dirección inversa.

¿Qué actitud es la más aconsejable?

 Hay que desterrar la actitud pasiva, de espera, de inmovilismo. Vivir lo que sí es accesible, lo posible en esta etapa y mantener la pasión, la curiosidad, el deseo de seguir aprendiendo.

Salir al mundo externo, buscar actividades lúdicas, sociales, relacionarse, ir al encuentro.

Envejecer no es adentrarse en un camino predeterminado, sino contribuir en su construcción, en cómo transitarlo.

Debemos reconciliarnos con los cambios que van apareciendo en nuestras vidas y que, no necesariamente vienen de la mano de pérdidas. Asumir las limitaciones y descubrir nuestros recursos personales disponibles para realizar actividades y proyectos acordes a ellos.

El deseo siempre es una búsqueda. Ver qué capacidades sí se tienen, cómo aprovecharlas y poner en ellas el empeño. Aceptar el paso del tiempo no significa renunciar a sentirse mirado, valorado, deseado.

Es muy importante el contacto, tocar y ser tocado, escuchar y ser escuchado. El ser humano se siente vivo debido al afecto, al cariño, al reconocimiento y a la mirada del otro.

Cuando uno se “siente” viejo corre el riesgo de caer en el pesimismo, de creer que su vida no tiene sentido, pierde el interés por el mundo.

Las representaciones internas que cada uno tiene de la vejez van a condicionar su manera de vivenciarla. Influye la historia personal, las experiencias, la estructura psíquica, la cultura, el país, el momento histórico-cultural…

Pero sobre todo hay que desprenderse de los prejuicios asociados a la vejez que abocan a un estado pasivo y frustrante, de espera y exclusión de la vida.

¿Qué es un envejecimiento saludable?

 Son muchas cosas las que se pueden hacer en el día a día para que el proceso de envejecimiento se viva de manera positiva y fructífera.

    1. Ejercer la flexibilidad de pensamiento.
    2. Verbalizar lo que nos preocupa o da miedo, tener interlocutor/es para escuchar y ser escuchado, compartir.
    3. Expresar la sexualidad.
    4. Prestar atención a cosas básicas, y no por ello menos importantes, como mantener la higiene, informarse a diario de lo que ocurre en el mundo.
    5. Alimentación sana, ejercicio físico, andar al menos media hora diaria.
    6. Reducir la ingesta calórica, ya que disminuye el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer… la obesidad es un factor de riesgo.
    7. Tener hábitos saludables y no fumar o consumir tóxicos.
    8. Acceder a una adecuada educación sanitaria y controles médicos.
    9. Y por supuesto, un pensamiento positivo que propicie el bienestar interior.
    10. Relacionarse, llevar una vida lo más activa posible: viajes, excursiones, visitas a museos, charlas, bailes, cursos sobre cualquier tema de interés personal. Cuidar las funciones cognitivas. No excluirse del entramado social.

 

En resumen, hay que crear nuevas conductas y nuevos significados acordes a las vivencias del momento.

En la vejez, la persona debe encontrar un nuevo rol en su vida, acorde a sus capacidades y deseos.

Sabemos que han existido y existen personas bastante mayores, que en la vejez han realizado actividades exitosas en el campo de la pintura, la literatura, la música…

Vargas Llosa, con 84 años sigue siendo un escritor muy productivo. Verdi, compuso Otelo a los 74 años. Tolstoi aprendió a ir en bicicleta a los 67 años. Stephen Hawking, a pesar de su enfermedad, su esclerosis lateral amiotrófica, estuvo activo mentalmente estudiando el universo y publicando sus investigaciones hasta su muerte a los 76 años, etc.

Pero sobre todo, es importante no olvidar que nuestra existencia, nuestro recorrido de la vida nos ha permitido “estar”. Y como dice el poema:

Qué suerte he tenido de nacer
Sí, qué suerte he tenido de nacer
Para estrechar la mano de un amigo
Y poder asistir como testigo
Al milagro de cada amanecer

El otro día escuché una entrevista al astrofísico Neil deGrasse, discípulo de Carl Sagan, y me cautivó lo que decía:

“Cuando caminas bajo el cielo, al mirar al Universo y ver los descubrimientos de la comunidad astrofísica sabemos que los átomos que componen nuestro cuerpo, que componen la vida, se pueden identificar con lo que han hecho las estrellas desde hace millones de años. Hay clases de estrellas que producen todos los elementos y después hay una explosión y los esparce por toda la galaxia. De ese enriquecimiento nacen nuevos sistemas estelares.

Tenemos una unión atómica con las estrellas del Universo.

Somos polvo de estrellas. No somos un mero punto en el Universo. No estamos simplemente en este Universo, el Universo está en nosotros”.

 

Concha Porta

Colaboradora de iDN+S Marbella

Psicóloga clínica del balneario Hervideros de Cofrente



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