La felicidad

La felicidad

«No te rindas, que la vida es eso, continuar el viaje,

perseguir los sueños….»

Mario Benedetti

La felicidad es ese estado de ánimo que vive la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo nuevo.

Es una emoción que surge en nosotros cuando creemos haber alcanzado una meta deseada.

La palabra “felicidad” deriva del latín “Felix” y significa fértil o fecundo.

Para las religiones, la felicidad absoluta se encuentra después de la muerte, en el encuentro con Dios. Los budistas ven la felicidad como un estado interno de paz, de serenidad.

Son muchos los filósofos que han escrito sobre ello a lo largo de la historia. Sería complicado dar una definición que englobase lo que es la felicidad para todos los seres humanos. Cada persona tiene una idea individual de lo que es. A pesar de ello, lo cierto es que todos los seres humanos, o casi todos, en general, se plantean como objetivo en la vida “ser feliz”.

Los ideales juegan un papel importante sobre lo que supone para cada uno, ya que no nos hacen sufrir o gozar las mismas cosas.

La base desde la que nos planteamos el objetivo de la felicidad está condicionado por nuestra historia, nuestras experiencias, vivencias, expectativas de la vida, modelos de identificación, factores medio ambientales, físicos y culturales y la propia estructura de personalidad.

Cada uno es feliz de un modo, según su capacidad de disfrutar y obtener bienestar. El bienestar es subjetivo ya que no depende o al menos en gran medida, de lo que nos ocurre, sino de cómo abordamos e interiorizamos lo que pasa en el exterior, nuestra actitud ante ello, ante la vida y cómo lo interpretamos.

La felicidad no es cumplir una expectativa o un deseo, tener algo añorado, como puede ser una casa o un coche. La felicidad es una “actitud ante la vida”. Está en nosotros, no en las cosas u en otras personas que vendrían a proporcionárnosla.

Las excesivas exigencias de logros, metas, éxitos… pueden tiranizarnos bajo la expectativa de conseguir la felicidad, de manera que si no se alcanzan se puede vivir como un fracaso. De hecho, un alto nivel de exigencia puede ser un enemigo bajo la bandera de supuestos valores a veces difíciles de alcanzar o a un precio alto.

Querer encontrar la felicidad nos lleva a adentrarnos en un camino que nunca muestra su fin, porque nunca aparece la satisfacción completa, absoluta. Y no aparece porque es imposible, es una utopía. Aun así, el hombre siempre aspira a ella, mantiene esa fantasía o ilusión.

En una clasificación sencilla podríamos decir que hay:

· Una felicidad posible: en momentos, sin continuidad o permanencia y por lo tanto parcial.

· Una felicidad imposible: absoluta y total. Un estado continuado.

La vida no es un proceso lineal, tiene altibajos, nos ocurren cosas negativas: un accidente, una muerte, un despido, un divorcio… y cosas positivas: un nacimiento deseado, un encuentro de amor gozoso, un proyecto alcanzado….

Como bien dice Mario Benedetti:

«De vez en cuando la alegría

tira piedritas contra mi ventana

quiere avisarme

que está ahí esperando…»

 

El aspirar a una felicidad constante y perdurable ya es condenarla a la no existencia.

Podemos afirmar que idealizar la felicidad es el primer obstáculo.

La felicidad también está asociada a los ideales de cada uno.

El sujeto se construye con identificaciones que van cambiando a lo largo de la vida: un padre, un maestro, un actor de cine, un científico …, modelos que nos muestran trayectorias y logros.

La felicidad está conectada especialmente con el amor, a sentirse querido, reconocido, a amar. Pero el amor también puede hacer sufrir, como ocurre si el amado abandona, si hay desamor, si se muere la persona querida…

El amor puede llegar a ser lo opuesto a la felicidad, cuando no es sano.

Con el amor al otro, uno se adentra en una aventura arriesgada, puede exponerse al sufrimiento.

También hay amores positivos y fuente de bienestar.

“Querer” y “desear” no es lo mismo. Se puede desear algo que en realidad no se quiere.

El deseo es algo que perdura, que no se agota al alcanzar la meta deseada. Nos acompaña mientras estamos vivos. No se satisface con el logro de cosas o situaciones anheladas. Hay un enigma en él. No está vinculado a objetos, estos son como un espejismo. El deseo siempre está en otra parte (es deseo de deseo). De ahí que existan personas insatisfechas después de obtener lo supuestamente deseado.

En definitiva, el deseo es particular, no es universal y tiene que ver con la historia de cada uno, de sus experiencias, de sus ideales. Tiene que ver con unos signos que se desplazan metonímicamente y no con un objeto o circunstancia concreta.

Está marcado por un punto de insatisfacción que roza de nuevo al deseo en una cadena sin fin y le acompaña hasta la muerte.

Aparece impregnado, mediatizado por el discurso de nuestros padres, educadores, nuestra cultura, nuestra personalidad… y ello condiciona nuestra forma de ser y de pensar.

Hay personas que por ausencia de introspección o falta de una ayuda psicoterapéutica pueden repetir un destino que les determina.

Sin embargo, “querer” tiene otro significado, otras implicaciones: Se quiere algo que se tiene, que está. En cambio, se desea lo que no se tiene o no se tiene aún.

Por otra parte, habría que diferenciar dolor de sufrimiento.

El dolor es algo puntual y el sufrimiento es algo sostenido en el tiempo. No podemos evitar el dolor, pero sí intervenir para no alargarlo convirtiéndolo en sufrimiento.

El sufrimiento puede ser destructivo.

La felicidad sería lo opuesto al sufrimiento, ya que está asociada a un estado de bienestar.

Sabemos que en el cerebro hay unos neurotransmisores, endorfinas, que están vinculadas a la sensación de bienestar. Tienen un efecto analgésico que puede producir placer. Aunque “ayudan” no son la clave de la felicidad. Pueden subir o bajar el ánimo, las emociones pueden regularse químicamente, de ahí que haya gente que tome antidepresivos, ansiolíticos en momentos críticos de su vida, pero no se puede erradicar las características de la personalidad y su estructura.

Las pastillas no suprimen la esencia de la personalidad, sus pasiones, deseos…

De ahí la importancia de una actitud de introspección, una escucha interior que nos ayuda a entender qué nos pasa y cómo nos situamos ante ello.

No voy a entrar a hablar de estructuras clínicas pero sí deciros que hay tres grandes grupos de ellas: la neurosis, que es el modo más sano de constituirnos, las psicopatías y las psicosis, cada una de ellas con sus subtipos.

La estructura de personalidad de cada uno es importante. No es lo mismo el lugar desde el que aborda el deseo de felicidad un neurótico, en un sentido clínico y no peyorativo, por supuesto, que el de un psicótico o el de alguien con una psicopatía.

La neurosis es la forma habitual y más sana de estructurarse el ser humano y según la levedad o gravedad de los síntomas, la persona se adaptará mejor o peor en su entorno, o disfrutará en mayor o menor medida de la vida.

Los síntomas forman parte del yo, tienen que ver con la historia del sujeto y llevan grabado un saber generalmente no consciente para él, que puede provocar malestar.

Si generan sufrimiento o dificultan su vida diaria, es aconsejable buscar ayuda en un profesional.

Una estructura de personalidad histérica pone síntomas en el cuerpo, por ejemplo: en un dolor de cabeza, temblores, somatizaciones…

Una persona obsesiva mostrará los síntomas en el pensamiento, por ejemplo: dudas permanentes sobre cualquier cosa o decisión, temor a que ocurra algo malo… y desarrollará rituales de limpieza, de comprobación o de orden y simetría para intentar neutralizar esos temores.

Realizar un trabajo psicoterapéutico puede ayudar a escuchar qué significado hay detrás de los síntomas y qué función cumplen en la vida. Ver su implicación en lo que le ocurre.

Los síntomas tienen un sentido, hablan de la persona, de lo que le sucede. Nos dice algo de su sufrimiento y ello ayudará a saber qué hacer con ellos para sentirse bien.

Por ejemplo, un obsesivo si no realiza determinado ritual se queda atrapado en la angustia ante el miedo a que ocurra algo temido. Con el ritual piensa que puede neutralizar ese peligro, pero se adentra en una espiral que lo esclaviza.

Los síntomas tienen que ver con núcleos neurálgicos de la propia historia. Son como una metáfora, un mensaje cifrado de un saber reprimido, no consciente. Son la manera que tiene cada uno de funcionar en la vida. Muchos no generan malestar ni entorpecen la vida diaria, pero otros sí lo hacen.

Saber de ellos ayuda a situarnos, a entendernos, a descubrir el modo en el que estamos implicados en ellos, y que nos impiden sentirnos bien y alcanzar esos “momentos” de felicidad. Y evitar lo que Jose Luis Borges reconoce en su poema:

“He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz”.

 

Es importante descubrir qué responsabilidad tenemos en aquello de lo que nos quejamos y que podemos estar asumiendo como un destino a padecer.

Con esa comprensión y trabajo se puede hacer que vayan perdiendo sentido y que nos situemos de forma diferente frente a ellos.

Los momentos de felicidad, que pueden ser bastantes, vienen de la mano de:

  • Estar bien con uno mismo
  • Que tengamos una buena escucha sobre nosotros mismos sin que nos boicoteen culpabilidades, tiranteces, impulsos…
  • Sentirse amado y amar. Pero sobre todo, quererse a uno mismo.

 

¿Qué actitud es la que más nos puede ayudar?

No existe una receta, una clave universal para ser feliz.

No obstante, sí hay reflexiones y actitudes que nos pueden ayudar en ese proceso:

  • Saber y asumir que, sin dosis de sufrimiento, sin adversidades, no es posible vivir, ni alcanzar cotas de bienestar, de felicidad. Es importante la flexibilidad, y saber relativizar.La vida conlleva momentos dolorosos, pérdidas, angustias existenciales… y momentos felices como encuentros de amor…
  • No hay una felicidad absoluta, sin sombras. Hay momentos felices, donde ver y disfrutar de la belleza de las pequeñas y grandes cosas de la vida, el afecto, la amistad…
  • Según cómo interpretamos lo que nos ocurre, nos sentimos mejor o peor, de ahí la importancia de cómo percibimos el exterior y nuestra posición ante ello.
  • Es importante encontrar nuevos significados a aquello que está siendo soporte de la queja, no con el fin de moralizar, sino de posicionarnos para desterrarla.
  • Saber quién es uno y comprometerse con esos deseos, expectativas y frustraciones como propios y no desplazar la culpa siempre al otro. Es decir, tomar conciencia de nuestra responsabilidad en eso que nos hace sufrir o de lo que nos quejamos.
  • Descubrir el tipo de relación que tenemos con nosotros mismos, porque estamos creando nuestra propia historia.

La vida transcurre, sobre todo, en nuestro interior.

No es cuestión de negar la adversidad o los obstáculos, sino de no sucumbir ante ellos.

Hay situaciones inevitables: una enfermedad, una muerte, una catástrofe… pero podemos tener una actitud positiva, constructiva para salir de ahí, ejerciendo nuestra capacidad de analizar emociones, sublimarlas, posicionándonos frente a lo que ocurre desde una escucha sobre nuestra propia implicación y buscando soluciones que permitan disfrutar más del presente y de lo que sí tenemos.

Saber quedarse en los sitios donde nos sentimos bien o irnos de aquellos que nos producen dolor.

La “felicidad” es la aceptación de sus límites, de sus carencias, de su imposibilidad en cuanto a ser permanente y absoluta.

Como os decía, es importante saber qué hacer con los síntomas de cada uno, reconciliarnos con nosotros mismos y reconocernos en ellos, en nuestras quejas, ya que, según la intensidad de ellos, pueden afectar a la calidad de vida.

El ser humano tiene capacidad de transformarse, de liberarse de lo que genera malestar, de adueñarse de su destino. Como bien dice Lacan: “No se puede pedir a nadie más que a sí mismo”. Y para ello tenemos que tener claro qué pedir. Ya que “mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo” (Tolstoi).

Podría decir como resumen de esta charla que:

“La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía”. (Mahatma Gandhi).

 

Concha Porta

Colaboradora de iDN+S Marbella

Psicóloga clínica del balneario Hervideros de Cofrente

 



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