La violencia

La violencia

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas

Si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

Miguel Hernández

 

LA VIOLENCIA

La palabra violencia viene del latín “valentía” que significa: el que actúa con mucha fuerza. La palabra agresión (aunque no son lo mismo) viene del latín “aggresione” que significa: acto contrario al derecho de otro, agresivo, propenso a faltar al respeto, a ofender, provocar…

Los animales ejercen la violencia por supervivencia, ante un peligro inminente o por necesidades fisiológicas como alimentarse.

Sin embargo, podemos ver cómo a lo largo de la historia el ser humano ha cometido muchos actos violentos: crímenes, guerras por poder, revoluciones, actos terroristas… y no olvidemos las atrocidades a mano del fascismo de Hitler y los campos de exterminio.

Voy a centrarme en la violencia individual, la que ejerce una persona sobre otra.

Como bien señalaba Gandhi La victoria obtenida por la violencia es equivalente a una derrota porque es momentánea”.

La violencia tiene que ver con un abuso de fuerza o poder para agredir, maltratar o someter a otro/s y, aunque habría que descender a la particularidad de cada caso y las causas que la han propiciado, voy a abordarla de un modo más genérico.

La violencia es un intento de ejercer control, de poder, sobre otra persona. Es un signo de impotencia ante la dificultad de gestionar la ira, la rabia. El acto violento irrumpe debido a la poca resistencia a la frustración. En estos casos, hay dificultad de emplear las palabras desde la reflexión y la introspección. En realidad, es el fracaso de éstas.

La violencia es una respuesta fallida ante un conflicto interno no reconocido generalmente y que no se sabe gestionar. Aunque la persona violenta suele esgrimir razones para sacar su agresividad y poder poner la puesta en escena de esa violencia. Razones que no son más que justificaciones que le dan soporte.

Con la agresión pretende autoafirmarse, dominar, anular al otro, degradarlo y dejarlo a su disposición. La responsabiliza de sus frustraciones, de su propia insatisfacción e inseguridades y proyecta en ella su malestar y rabia interna. Es un acto en el que intenta anular y someter con conductas destructivas.

Habría que diferenciar agresividad de violencia.

La agresividad es un sentimiento común e inherente a todo ser humano.  Es algo estructural, parte de nuestra constitución subjetiva. Cuanto más madura y equilibrada es la persona, la maneja mejor, puede intelectualizarla, pasarla por el filtro de la razón, sublimarla y reflexionar sobre ella sin volcarla al exterior, sin violencia. La canaliza por cauces más sanos.

La violencia sale de los límites personales para agredir al otro, para invadirle con ánimo de destrucción. Puede ser física, psicológica, sexual y a veces mixta. Aparece en diferentes ámbitos: familiar, escolar: “acoso”, en la pareja, fuera de ella, por poner algunos ejemplos.

Se da en diferentes estructuras o cuadros clínicos como: personas con rasgos antisociales, adictos a consumo de drogas o alcohol, estructuras psicóticas, paranoides con pensamientos de persecución o alucinaciones con órdenes para actuar, en estructuras perversas como sadismo y masoquismo donde aparecen manifestaciones erotizadas de la violencia. También puede aparecer en personas en cuyo historial ha habido agresiones y no ha realizado un trabajo psicoterapéutico para romper posibles identificaciones con el agresor, por ejemplo, y elaborar lo ocurrido.

Las personas con una estructuración más débil pueden estar más expuestas.

Por otra parte, hay estudios sobre psicofisiología cerebral que han concluido que hay algunas anomalías en los lóbulos frontales y temporales en determinadas personas que pueden inducirles a actitudes violentas o antisociales.

  • La violencia psicológica es más sutil, menos visible, ya que aquí no está comprometido el cuerpo. Es una violencia al ser, con intención de dañar, humillar, destruir.
  • En la violencia familiar, la que se ejerce por ejemplo de padres a hijos (en ocasiones puede ser a la inversa), es una relación asimétrica. Los padres están en un lugar de autoridad, de poder y los hijos en una situación inferior, de vulnerabilidad. En ellos hay una demanda de amor, de reconocimiento y de dependencia que puede victimizarlos más. A parte de la agresión física, se produce un sufrimiento interior que daña profundamente la autoestima. Surge un sentimiento de desamparo, de impotencia, incluso de rabia contenida y una fuerte lesión moral.

 

Esos padres pueden no ser conscientes de estar ofreciendo a los hijos agredidos un modelo de identificación en cuanto a patrones de conducta a seguir ante los conflictos, frustraciones o contrariedades con las que se encontrarán a lo largo de su vida. No podemos obviar que la violencia tiene un gran efecto sobre el psiquismo de quien la sufre.

En el contexto familiar hay un mayor abuso de poder, ya que el hijo/a depende física y emocionalmente de los padres o personas que ejerzan esa función, y, bajo la bandera de la autoridad, abusan de ella.

Los padres tienen una gran responsabilidad ya que los hijos empiezan a construir su identidad con relación a un sentimiento de pertenencia, en un contexto familiar que le da un lugar para posicionarse en la vida: como reconocido, valorado, digno de ser querido, deseado o como un desecho merecedor de ser golpeado.

Se cae en el error de creer que el lazo familiar es sagrado y que los progenitores tienen derecho a todo, a disponer de los hijos y maltratarlos, olvidando que la paternidad es un ejercicio responsable donde se debe ofrecer un contexto de cuidado, seguridad y cariño que ayude a crecer en un sentido positivo y amplio.

Los hijos “tienen derechos”: derecho a ser protegidos, cuidados y ser destinatarios de bienestar. Tienen derecho a ser queridos y educados en valores que les permitan tratar “al otro” con respeto y aceptar sus diferencias.

Es importante recordar a los padres que, como dijo Benjamin Franklin Educar en la igualdad y el respeto es educar contra la violencia”.

La historia familiar puede dejar huellas dolorosas difíciles de superar. Sin un trabajo psicoterapéutico, el malestar puede arrastrarse durante toda una vida si no se trabaja sobre ello para digerir el dolor, el daño ocasionado y darle un cauce que permita dejar atrás lo traumático de esas experiencias.

  • En cuanto a la violencia en el contexto de la pareja, ésta puede adoptar diferentes formas, desde la más sutil y psicológica a la más violenta.

La violencia emocional a veces cuesta más detectarla, pasa por descalificaciones, críticas, bromas que desacreditan … La persona agresora exige a la pareja que actúe y piense como ella quiere que sea y no tolera que no sea así.

En este tipo de relación se observan 3 fases:

    1. En la primera fase, la persona agresora va generando un aumento paulatino de la tensión. Es un proceso sutil al inicio. Puede verbalizar descalificaciones, burlas, críticas, gestos despectivos. Hay una clara intención de bajar la autoestima del otro. Puede dar un grito intimidatorio, golpear un objeto, etc. El desencadenante puede ser cualquier cosa: un objeto fuera de sitio, un tema de celos o atención a otra persona, ya que la víctima es un objeto de posesión. Esto produce un inicio de miedo anticipatorio en la víctima.
    2. En la segunda fase, aparece la descarga agresiva. Irrumpe la violencia. Al inicio puede ser difusa o leve: un pellizco, un empujón… para dar paso a una mayor y abierta, incluso puede darse el abuso sexual. La persona agresiva vive ese acto como un momento gozoso de posesión, de dominio absoluto sobre el otro. En esta fase, a veces, la víctima se atreve a contarlo o a denunciar el maltrato. Sin embargo, debido a que la persona agresora le hace pensar que es la responsable de la agresión por sacar lo peor de ella, a veces, reprime la necesidad de pedir ayuda por vergüenza y culpa. La persona maltratadora sólo suele sacar su agresividad, su violencia con la pareja, en el ámbito íntimo, dando una imagen muy diferente en el exterior, lo que dificulta más que la víctima pueda delatarle.
    3. En la tercera fase, la persona agresora ha descargado su rabia, su ira y está calmada. Se produce un cambio de actitud: está solicita, afectuosa, hasta aparentemente arrepentida. Intenta neutralizar la agresión cometida y estrechar de nuevo la relación. Se muestra apesadumbrada, verbaliza que no volverá a agredirle más, que no va a reincidir y esa es la trampa: conseguir el perdón para seguir en una relación donde el ciclo se repite indefinidamente, a veces hasta el final más trágico, con la muerte. La víctima termina creyendo o queriendo creer el discurso de la pareja violenta. Bajo el supuesto paraguas del amor ha creado la fantasía de que la otra persona le ama tanto que sufre y que es todo para ella. Ha caído en un entramado de dependencia donde puede verse aislada de familia o amigos. A veces, la dependencia económica también juega un papel importante, el temor a no poder salir adelante con los hijos y los gastos que ello conlleva.

 

Hay que saber que en una relación sana debe darse: capacidad de resistencia a la frustración, complicidad, libertad de pensamiento y respeto a las diferencias, a la singularidad de cada uno, comunicación. La palabra como protagonista.

Es crucial aceptar nuestras limitaciones y las ajenas. Saber tolerar que desde el otro lado no se puede dar, calmar todas nuestras faltas, porque todos estamos atravesados por una carencia estructural, de ahí que seamos seres deseantes.

¿Qué actitud es la más aconsejable?

  • Poder detectar, si aún no se ha instaurado la relación de violencia (de cualquier tipo), qué signos delatan la intención de crear ese vínculo patológico y así poder alejarse de esa persona. Si la persona violenta ve en la otra una respuesta contraria, de límite y freno contundente a su intento de victimización, se romperá la relación. Por ello es tan importante salir de ahí en cuanto aparezcan los primeros indicios. Esa persona desistirá y buscará en otro lado establecer ese vínculo patológico de dominancia-sumisión destructivo. Esos primeros signos aparecen cuando ya se cree que el otro ha caído bajo su seducción. Suelen cuestionar cualquier cosa y comportarse de manera superior:

a) Lo que se dice,

b) La ropa que se pone,

c) Las amistades,

d) Mostrar burlas,

e) Gestos despreciativos,

f) Bromas hirientes o descalificadoras, etcétera.

  • Detrás del acto violento hay un rechazo a la autonomía emocional del otro, a la aceptación de la otra persona con sus diferencias, a su singularidad y sobre todo a su independencia. Hay que alejarse de las relaciones que nos ponen en riesgo. Nada justifica que se falte el respeto, ya que termina dañando la autoestima, minando las fuerzas y la libertad de escapar de ahí. Muchas veces, bajo el paraguas de ese supuesto amor, la violencia encuentra un cauce para satisfacer en el otro su necesidad de sacar esos impulsos violentos.
  • Si ya se está dentro de esa relación, es importante poder pedir ayuda, asesoramiento, denunciar, a pesar del sentimiento de vergüenza y culpa que la persona agresora se ha encargado de fomentar, haciéndole creer que es la responsable de que él (o ella) actúe así, ya que con su manera de pensar y proceder provoca su ira. Cuando ya ha conseguido salir, la víctima, porque lo es, debe luego recomponerse, reconocer lo traumático de la agresión vivida sin auto inculparse y sin disculpar o justificar al otro.
  • No debe caer tampoco en la negación de lo ocurrido. Hay que elaborar todo lo vivido. Es condición necesaria para no repetir el mismo patrón en otros vínculos posteriores. Ver el sentido de ello en su propia historia.
  • Escuchar que pueden existir aspectos suyos que desconoce, que no la hacen responsable, y le han llevado a establecer y retenerse en ese tipo de vínculo. Por ejemplo: haber sufrido en su ámbito familiar agresiones. A veces, la víctima se cree merecedora de lo que le ocurre y eso la retiene en ese lugar.
  • Es necesario que esas vivencias traumáticas no queden encapsuladas, sino que pueda digerirlas, movilizarlas, escuchar qué y porqué ha ocurrido y desprenderse de ellas. Con ello posibilitará que en la siguiente relación pueda reclamar su derecho a ser valorada, escuchada, respetada y querida de un modo sano y positivo. El cuerpo sobre el que construimos nuestra imagen e identidad, nos sitúa como seres vivientes y deseantes. Impedir que lo dañen, va más allá de la herida física, es también una destrucción anímica, emocional.
  • Hay que detectar ese lugar subjetivo en el que la víctima está posicionada, para romper esa relación adictiva donde la persona agresora ha generado una fusión, una dependencia sumisa, eliminando las diferencias como coartada para apresar y retener.
  • Es conveniente ponerse a salvo en un espacio de protección y “denunciar”, acudir a la ley como medio de regular la violencia. Apelar a una instancia superior ya que se está haciendo un abuso de poder.

 

En definitiva, la violencia no entra en la cadena significante de lo simbólico, no pasa por la palabra en ese sentido, escapa a la represión y deriva en un acto. Crea una herida profunda y hace de la víctima un objeto, un cuerpo a maltratar, a humillar, a someter.

Daña el cuerpo, no sólo en lo real, también en su dimensión imaginaria y simbólica: lo rompe, humilla.

Es importante insistir en que toda persona con ayuda puede salir de ahí y después establecer lazos diferentes, sin violencia, donde no haya invasión de los límites, destrucción física y emocional, coartación, manipulación, anulación o censura.

Nunca mejor dichas las palabras del poeta Mario Benedetti:

No te rindas, aún estás a tiempo

De alcanzar y comenzar de nuevo,

Aceptar tus sombras,

Enterrar tus miedos,

Liberar el lastre,

Retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,

Continuar el viaje,

Perseguir tus sueños,

Destrabar el tiempo,

Correr los escombros,

Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,

Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se esconda,

Y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma

Aún hay vida en tus sueños.

 

Concha Porta

Colaboradora de iDN+S Marbella

Psicóloga clínica del balneario Hervideros de Cofrente



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