Psicología y Pandemia VII – Los Abrazos

Psicología y Pandemia VII – Los Abrazos

«Cada vuelta del lazo sobre humano

se hace raíz, para afianzarse hondo,

y es un abrazo inacabable y largo

que ni la muerte romperá. ¿No sientes

cómo me nutro de tu misma sombra?»

Juana de Ibarbourou

LOS ABRAZOS

Podemos decir que un abrazo es: un acto de rodear con los brazos a alguien o hacerlo dos personas entre sí como muestra de afecto, de cariño.

Los abrazos cambian según la cultura. Llevan implícito un lenguaje que se transmite a través de él. Es la expresión de sentimientos.

Hay tantos tipos de abrazos como personas y su significado está condicionado a las circunstancias. Por ejemplo:

  • Un abrazo de felicitación en una celebración.
  • Un abrazo de condolencia, de consuelo, en un funeral.
  • Un abrazo de saludo formal.
  • Un abrazo de alegría ante un encuentro deseado.
  • Un abrazo de apoyo y reconocimiento a otro.
  • Un abrazo de protección a un hijo.
  • Un abrazo de complicidad con un amigo.
  • Un abrazo de amor a una persona querida.
  • ……..

Como veis, el abrazo no se queda solo en la superficie, lleva consigo toda una carga emocional de diferentes tipos.

Hay abrazos que no necesitan palabras. Lo que pensamos, lo que sentimos, puede deslizarse al otro en esos abrazos y fusión de dos cuerpos.

Estamos cada vez más en un mundo tecnológico, pero las emociones nos diferencian de las máquinas que, al menos de momento, no pueden sentir.

El abrazo es un vehículo por donde también se puede canalizar las emociones y expresarlas. Forman parte de nuestro lenguaje corporal. Transmite nuestro estado de ánimo, con él mandamos mensajes no verbales y, a veces, esa información hasta escapa a nosotros mismos.

Sabemos que el ser humano nace en un estado de inmadurez neurológica, de indefensión absoluta, biológicamente prematuro y por tanto con una inmadurez del sistema nervioso.

Para sobrevivir necesita cuidados afectivos y satisfacer necesidades fisiológicas. El bebé necesita sentirse arropado, satisfecho emocional y físicamente. De ahí la importancia en los bebés, de la persona que desempeña esa “función”. No necesariamente tiene que ser la madre biológica, ni tiene que ver con el género, sino, repito, con quien desempeña esa función, ya sea el padre, la madre, un abuelo, padres adoptivos, un cuidador o un tutor.

En ese encuentro, con el desempeño del cuidado y contacto físico, se articulan diferentes sentimientos: amor, ternura, rechazo, indiferencia… y va a ser primordial ya que es su incursión en el mundo. Sus primeras vivencias, sus primeros vínculos.

El bebé no solo se nutre de la leche materna u otros alimentos, también lo hace de las caricias, el tono de voz, del abrazo, de su calidez, o la ausencia de ellos.

Intervienen factores neurológicos en el desarrollo. Por ejemplo, cuando se tiene una experiencia temprana adversa, como una carencia o desnutrición, puede quedar afectado física y psíquicamente.

Hay numerosos estudios comparativos entre bebés y niños que en su primera infancia recibieron afecto y abrazos y otros que, por no ser deseados o cualquier otra circunstancia, se criaron en un orfanato. Pues bien, estos últimos presentaban un retraso significativo físico y afectivo madurativo posterior.

El cerebro, entre los 5 ó 6 primeros años de vida, tiene gran capacidad para aprender y moldearse de acuerdo con la estimulación ambiental. Hay más plasticidad cerebral.

En ese primer contexto de la existencia ya empieza a constituirse la estructuración de la identidad.

El niño a través del abrazo, o incluso su ausencia, percibe amor o rechazo, angustia, tristeza, indiferencia, protección, bienestar… Todo ello traerá consecuencias.

El bebé, el niño, necesita sentirse arropado, cuidado, querido… para un crecimiento sano en el amplio sentido de la palabra, porque la forma en que se le cuida y el tipo de afecto que se deposita en él, va a condicionar sus representaciones psíquicas.

El amor o desamor que proyectaron en nuestro cuerpo, deja una huella, son experiencias corporales, cognitivas, afectivas. Un abrazo puede validar el deseo de nuestra existencia.

Esos primeros vínculos al principio de nuestra historia pueden crear una matriz de referencia que posteriormente puede repetirse en la relación intersubjetiva con otros.

Una persona no se relaciona igual con su cuerpo ni con los de otro si ha sido maltratada, pegada o si ha sido depositaria de caricias y ternura.

De ahí la importancia, en determinados casos, de hacer un trabajo terapéutico que permita elaborar heridas que dejaron dolor y le han condicionado.

Los abrazos ocupan un lugar en el recuerdo: el abrazo de los abuelos, de los padres… nos decían de qué modo éramos queridos.

Nuestro cuerpo es una superficie que va más allá de la piel, se constituye en un cuerpo simbólico.

El amor que uno se tiene, el valor que se atribuye, la autoestima… se construye inicialmente en ese amor o trato que le hicieron sentirse sustentado, o abandonado o querido, protegido.

Ese deseo que nos antecede y nos da o no un lugar incluso antes de nacer.

Después tenemos un largo recorrido, lleno de experiencias. Somos seres dinámicos, vivos, sujetos a un entorno con cambios, a las relaciones, y en ese proceso vamos creciendo, moldeándonos y siempre el abrazo está ahí para constatar que somos seres sociales.

El abrazo siempre está asociado al otro. Somos dependientes de reconocimiento y afecto (padres, pareja, hijos, amigos).

Las relaciones afectivas son complicadas.

Según las culturas, el contacto es diferente. Los ingleses, por ejemplo, suelen tocarse menos en los saludos, los italianos y los españoles nos tocamos más, somos más expresivos físicamente. Pero todos necesitamos el afecto, el encuentro con mayor o menor proximidad.

Por ejemplo, más allá del apoyo con aplausos a los sanitarios que se ha hecho en el confinamiento a las ocho de la tarde desde los balcones y ventanas ¿qué más se podía hacer? Pues corroborar que no estamos solos, ahuyentar un sentimiento de soledad, sentir que están cerca, visualizarlos y vivir ese sentimiento de pertenencia.

Los vínculos afectivos, el contacto con los demás, es de gran importancia en nuestra vida, y ahora con el confinamiento se han tenido que circunscribir a las personas con las que se convive, si las hay.

Ahora se echan de menos y se valoran más esos abrazos que antes, los que tuvimos, los que no dimos o no nos dieron, los que no echamos de menos en nuestra vida y ahora los deseamos.

El virus nos ha puesto en jaque, no debemos tocarnos, hay que saludarse a distancia.

El cuerpo es una entidad individual que con el abrazo transciende el ámbito personal para acercarse a otra persona. Un acto donde los sentimientos de ese otro también están en juego. Ahí hay un diálogo cruzado en el que ambos pueden ser cómplices, con un saber cifrado en ese gesto.

Así pues, y resumiendo todo lo dicho hasta aquí, podemos plantearnos la siguiente pregunta.

¿Qué beneficios puede tener el abrazo?

De manera escueta, se podría afirmar:

  • Mejora la autoestima y el estado de ánimo.
  • Reduce la ansiedad, la angustia.
  • Facilita la empatía. Es un puente de encuentro y cercanía.
  • Permite compartir un estado de ánimo con quien se elige como interlocutor.
  • Es un buen antídoto contra la soledad, al permitir que otro entre en nuestro espacio de intimidad y compartir.
  • Permite expresar afectos y sentimientos, tales como respeto, reconocimiento, ternura, amor, complicidad…
  • Aumenta la confianza y seguridad en nosotros mismos ante un abrazo de apoyo y reconocimiento. Refuerza la identidad.
  • Puede frenar un enfado, conciliar, dar una tregua ante una discrepancia.
  • Ayuda a valorar y respetar nuestro cuerpo.
  • …..

A nivel fisiológico, el abrazo desencadena la segregación de hormonas. Se genera serotonina y dopamina. Neurotransmisores que inducen estados de bienestar.

Y como en estos momentos tenemos la dificultad para dar esos abrazos, podemos pensar en la actitud que más nos puede ayudar para compensar su ausencia física y sentirse bien.

¿Qué actitud nos puede ayudar?

Por supuesto el pensamiento positivo, reconocer lo positivo y bueno que hay en nuestra vida.

Aprovechar aquellas cosas que nos roban una sonrisa, que nos hacen reír, disfrutar, cantar, bailar en casa con una música que nos guste… son actividades que desencadenan endorfinas y estas producen bienestar.

Hacer videollamadas para tener ese encuentro que ahora tenemos censurado. los abrazos, los gestos, las miradas… ahora se han virtualizado y con esa videollamada podemos compensar la distancia, crear la ilusión de proximidad y mantener el vínculo con la persona querida, amiga.

Pedir el abrazo a los que sí tenemos cerca y queremos. A veces no se hace por vergüenza, inhibición, miedo al ridículo o al rechazo. Pues atrévete y pídelo. Puede sorprenderte la acogida y el bienestar de ambos en ese encuentro.

Es importante no olvidar que, si a una persona que le cuesta mostrar sus afectos, y se le da la oportunidad, puede aprender a manifestarlos y descubrir una experiencia nueva que complementa y hasta transciende las palabras.

En definitiva, el ser humano tiene capacidad para buscar formas y alternativas ante situaciones adversas. El virus que nos amenaza nos ha obligado a poner en marcha nuestros conocimientos, nuestra imaginación, nuestra creatividad.

Los abrazos no son posibles ahora, pero podemos adaptarlos a las circunstancias actuales y vivirlos con la misma intensidad.

Y cuando volvamos a la normalidad, no olvidemos cuánto los echábamos de menos. Será el momento de recordar las palabras de Mario Benedetti:

Yo quiero proponerle a usted un abrazo, uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela.

Al final será mejor que me duela el cuerpo por quererle, y no que me duela el alma por extrañarle”.

Concha Porta

Colaboradora de iDN+S Marbella

Psicóloga clínica del balneario Hervideros de Cofrente



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